
En una reunión después de años, la entrada con mandarina verde y hoja de higuera desarmó la timidez. Antes del abrigo, ya había abrazos. Un invitado dijo oler verano en Amalfi; todos rieron y la conversación fluyó, ligera, como si nunca hubiera distancia.

Un domingo lluvioso, el sonido en las ventanas pedía cobijo. Dos gotas de pachulí, diluidas con notas de tierra mojada y té negro, convirtieron el gris en refugio. La casa respiró lento, la charla se hizo honda y la tarde, inesperadamente, se volvió amable.

El recuerdo del pan de especias de la abuela tentaba a exagerar clavo y canela. Probamos cardamomo sutil y horno con granola de miel. Apareció la nostalgia, sin pesadez. Los invitados pidieron receta y fragancia; la cocina se llenó de historias que aún perfuman.
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